La historia de Israel nos recuerda que Dios no es un espectador lejano, sino un Padre que actúa con poder para salvar a su pueblo. En la primera lectura, el pueblo reconoce que fue rescatado de la esclavitud y conducido a una tierra nueva. También en nuestra vida, Dios ha salido a nuestro encuentro, nos ha liberado de aquello que nos oprime y nos invita a caminar en una nueva dirección. La fe nace cuando descubrimos que Dios nos ha amado primero y respondemos con gratitud y entrega.

San Pablo nos muestra que la salvación está al alcance de todos. No depende de nuestros méritos, sino de creer de corazón y proclamar con nuestra vida que Jesús es el Señor, que ha vencido la muerte y nos ha abierto un camino de vida nueva. No hay distinción entre personas, porque Dios ofrece su amor sin reservas a quien lo busca sinceramente. Esta verdad transforma la existencia: ya no caminamos en la incertidumbre, sino en la confianza de que Dios ha tomado la iniciativa para rescatarnos y darnos una esperanza firme.

El Evangelio nos presenta a Jesús en el desierto, enfrentando la tentación. No busca su propio beneficio ni se deja seducir por el poder o la autosuficiencia; permanece fiel a la voluntad del Padre. También nosotros enfrentamos pruebas y engaños que quieren alejarnos de Dios, pero en Cristo encontramos la fuerza para permanecer firmes. Él es la respuesta a nuestro anhelo más profundo, el alimento que realmente sacia. Este tiempo de Cuaresma es una oportunidad para volver a Él, renovar nuestra confianza en su amor y dejarnos transformar por su presencia.

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