Este domingo nos presenta el rostro de un Dios que libera, reconcilia y acoge con misericordia.

En la primera lectura, el pueblo de Israel, que ha caminado por el desierto sostenido por el maná, entra en la tierra prometida y comienza a alimentarse de sus frutos. Es un paso de la dependencia total a una nueva etapa de responsabilidad. También en nuestra vida hay momentos en los que Dios nos sostiene de manera evidente, pero luego nos invita a madurar, a vivir nuestra fe con mayor profundidad y compromiso.

San Pablo nos recuerda que la vida en Cristo es un renacer. La reconciliación no es solo un acto puntual, sino una transformación radical: lo viejo ha pasado, todo es nuevo. Somos llamados a ser embajadores de este amor que no solo perdona, sino que renueva y restaura.

El Evangelio nos muestra este amor en acción. La parábola del hijo pródigo nos permite reconocer en el padre al Dios que nos espera sin condiciones, que corre a nuestro encuentro, que nos restituye la dignidad sin reproches. Pero también nos confronta con la actitud del hijo mayor, que permanece en la casa sin comprender el corazón del padre. A veces, podemos estar cerca de Dios y, sin embargo, no vivir en su amor.

Este tiempo de Cuaresma es una invitación a regresar a la casa del Padre, a confiar en su misericordia y a dejarnos transformar. La alegría de Dios no está en nuestro esfuerzo por ser perfectos, sino en nuestro regreso sincero a sus brazos.

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