Dios se revela a Moisés en la zarza ardiente, lo llama por su nombre y le encomienda una misión. Moisés, que llevaba una vida ordinaria, es interrumpido por la presencia de Dios, quien lo invita a descubrir que está pisando tierra sagrada. También nosotros, en medio de nuestras ocupaciones diarias, somos llamados por Dios, que nos ve, nos conoce y nos invita a colaborar en su plan de salvación.

San Pablo nos recuerda que no basta con haber recibido bendiciones de Dios; es necesario responder con fidelidad. La historia del pueblo en el desierto es un espejo en el que podemos mirarnos: muchas veces hemos sido sostenidos por la gracia, pero también hemos dudado, nos hemos quejado o hemos buscado seguridades fuera de Dios. La advertencia es clara: quien cree estar firme, que no descuide su camino.

En el Evangelio, Jesús nos llama a la conversión. No se trata de medir la culpa de los demás, sino de reconocer que el tiempo que se nos da es un don. Dios es paciente, como el viñador que espera fruto de la higuera. Nos concede oportunidades, nos cuida, nos nutre con su gracia. Pero su espera no es indiferencia: tarde o temprano, estamos llamados a dar fruto.

Hoy, en este tiempo de Cuaresma, Dios nos habla por nuestro nombre, nos muestra nuestra historia a la luz de su misericordia y nos invita a una decisión. No posterguemos el momento. La tierra que pisamos es sagrada; el tiempo que vivimos es gracia. Escuchemos su voz y respondamos con generosidad.

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