Mateo 5, 38-48

VII Domingo del tiempo ordinario.

“Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial.”

Debo decir que hay personalidades que me hacen ruido, que no se que hacer con ellas, que me cuesta trabajo aplicar el evangelio de hoy en ellas. ¿Es posible amar a Daniel Ortega y a Rosario Murillo, la pareja que gobierna Nicaragua, con todo el mal que están haciendo en aquel bello país, a todos los disidentes a su dictadura? ¿Qué pensar del “Chueco”, el asesino de Campos, de Mora, de muchas otras personas en la Tarahumara? Y podemos irnos a miles de personajes que con sus actitudes han destruido vidas, han creado caos en la creación, han provocado desigualdad social, pobreza, contaminación, etc. Cómo reaccionar: ¿Ojo por ojo, diente por diente?; o, ¿escuchamos a Jesús… “pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo”?

No es fácil la disyuntiva. Y la dificulta de acrecienta cuando lo bajamos a lo cercano, a las relaciones cotidianas de nuestra vida: al esposo infiel y machista, la vecina necia y destructora de las buenas relaciones vecinales, el trabajador sanitario que por negligencia causa tremendo dolor en una familia, el hermano gandalla que se lleva la mayor parte de la herencia, la compañera de trabajo que calumnia con el puro objetivo de quedarse con el mejor puesto de trabajo, el transito corrupto que no pierde ocasión de sacar mordida insistentemente en la carretera al pueblo donde transporto mi mercancía…

Los que no nos aman, los que nos dañan, con quienes entramos en conflicto, los posibles enemigos. Una primera cosa, siempre importante y básica: contra toda injusticia hay que luchar con toda la fuerza posible. La injusticia provoca infelicidad, genera relaciones de odio, destruye las buenas relaciones. No podemos quedarnos cayados frente a ella, menos aún ocultarla, peor aún, favorecerla. La injusticia es constantemente denunciada por Jesús. Lo importante es la actitud de fondo que nos lleve a actuar. El ojo por ojo supone venganza, supone un incremento del mal, creando una espiral de violencia, de error. Luchar contra la injusticia si, pero con amor.

Claro que no es fácil. No convenceré al injusto si me empeño en demostrarle que me hace daño a mí o a otro. Pero sí soy capaz de demostrarle que con su quehacer se está haciendo un daño a sí mismo, sin duda estoy dando opciones para un cambio en su actitud. Supone luchar contra el mal que produce, por supuesto, pero ayudar no necesariamente con palabras, si con actitudes y testimonio, a que se produzca un cambio en su corazón. Supone ver con generosidad al otro, a la otra, no justificando el mal que hace, pero si mostrando un rostro de aceptación a la persona, de deseo que se sienta entendido por mi. Frente a la rabia y el odio que se puede experimentar en esas ocasiones, Jesús exhorta a no guardar rencor; más aún, a perdonar y rezar por los perseguidores.

A niveles globales hay grandes mujeres, grandes hombres, que en su lucha contra el mal utilizan como herramienta la “no violencia”. Con ella han generado espacios de misericordia, de paz, de amor. Teresa de Calcuta, el Papa Francisco, Mahatma Gandi, Martin Luther King. De él, retomo estas palabras, que cita el P. Hermann Rodriguez para su homilía de hoy.

“La resistencia no violenta no es un método para cobardes. La no violencia implica resistencia. Si uno recurre a este método por miedo o simplemente porque carece de instrumentos para ejercer violencia, no es verdaderamente no violento. (…)”.

“Un segundo punto fundamental que caracteriza a la no violencia es que no busca derrotar o humillar al oponente, sino granjearse su amistad y comprensión. El resistente no violento debe expresar con frecuencia su protesta mediante la no cooperación o el boicot, pero no los entiende como fines en sí mismo; son simplemente medios para generar un sentimiento de vergüenza moral en el oponente. El objetivo es la redención y la reconciliación. (…)”.

“Una tercera característica de este método es que está dirigido contra las fuerzas del mal en vez de contra personas que hacen el mal. El resistente no violento pretende derrotar el mal, no las personas victimizadas por él”.

“Un cuarto punto que caracteriza la resistencia no violenta es la disposición a aceptar el sufrimiento sin retaliar, aceptar los golpes del oponente sin responder. El sufrimiento inmerecido es redentor”.

“Un quinto punto es que el resistente no violento no sólo rehúsa dispararle a su oponente, sino también a odiarlo. La base de la no violencia es el principio del amor”.

Termino tomando dos frases: una de la primera lectura de hoy, del libro del Levítico: “No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón. Trata de corregirlo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor’”. Y, otra, la invitación final en la propuesta de hoy de Jesús: “Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.

La poesía que hoy leo, de José María R. Olaizola, S.J., nos anima a lo mismo:

Ojo por ojo,

diente por diente,

golpe por golpe, insulto por insulto,

ofensa por ofensa,

ultraje por ultraje,

decepción por decepción.

Así se va llenando

la memoria

y el equipaje

de agravios, de rencor,

de deudas.

Mejor ofrecer,

contra el puño cerrado,

una mano abierta. Ante el insulto,

silencio

o, aún más, palabra de perdón.

Mejor no subirse

al tren del odio.

Mejor bajarse

de la espiral

de la venganza.

Mejor caminar por la senda

de la concordia.

Amar a amigos y enemigos, a la manera de Dios.

P José Luis Serra, S.J.

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